Tras los innumerables comentarios y artículos publicados en la prensa y en los diversos medios audiovisuales, no podemos por menos que expresar nuestro punto de vista como consultores de seguros en lo referente a la existencia de posibles responsabilidades civiles por parte de los implicados en el dramático siniestro de la pasada verbena de San Juan.Las primeras conclusiones que se hicieron públicas, y que además provenían de responsables políticos, hablaban de “imprudencia” de las víctimas. Otros comentarios iban dirigidos a una posible falta de medidas de seguridad en la estación de tren o apeadero. Incluso se han barajado otras circunstancias, como la existencia de un paso elevado que se encontraría cerrado, la escasa señalización de las salidas del apeadero o la excesiva alegría o euforia de los jóvenes que querían llegar a la playa a disfrutar de la verbena.
En fin, todo parece que se mezcla y al final tan sólo nos queda una cierta confusión. Vayamos por partes. En primer lugar dejemos claro que no existe una única causa. Para que se produzca un siniestro, y más de la envergadura del que nos ocupa, es preciso que concurran diversas circunstancias para que se dé el mismo.
Imprudencia de las víctimas, seguramente. ¿Pero es esta circunstancia el hecho generador, la causa última, del siniestro?. Pues, con toda seguridad, no.
Démosle la vuelta al argumento de la imprudencia. ¿No les parece una imprudencia mucho mayor que un tren pueda circular a más de 140 km/hora por una estación de tren abarrotada de personas? El más elemental de los razonamientos nos dice que no es lógico que pueda producirse esta situación. Por tanto, es difícil considerar que la imprudencia de los jóvenes que han pagado con su vida su error es superior a la imprudencia de aquellos que hicieron posible que un tren circulara a tan alta velocidad en ese momento y en ese lugar. ¿No creen?.
Busquemos, pues, esa causa última, ese factor desencadenante del siniestro.
Cualquier actividad industrial o empresarial genera unos riesgos que los gestores están obligados a controlar, para eliminarlos o reducirlos en la medida de lo posible. La evolución social, el progreso de nuestro mundo, la modernidad, ha hecho que actividades potencialmente peligrosas se desarrollen con total normalidad en nuestra vida ordinaria. No es necesario poner mucha imaginación para encontrar múltiples ejemplos. Desde girar un interruptor y ver como se ilumina una estancia, hasta encender la llama de una simple cocina son actividades potencialmente peligrosas, pero que por fuerza de la experiencia y de la aplicación de una medidas de seguridad generalmente asumidas por todos, han terminado por ser actividades con un riesgo prácticamente inexistente. Aún así, el riesgo cero no existe, siguen electrocutándose personas y siguen produciéndose explosiones de gas.
Vayamos al caso que nos ocupa. Tenemos unas empresas que explotan unos negocios, el transporte de viajeros por tren, con unos riesgos potenciales muy determinados. El hecho de que podamos considerar el transporte ferroviario de personas como un servicio público no cambia nada, en todo caso incrementa la exigencia de gestionar con eficacia los posibles riesgos, para eliminarlos o minimizarlos.
La primera opción que debe estudiar un gestor de riesgos o “risk manager” en cualquier empresa es la que conocemos como la “eliminación del riesgo”. Es elemental, si una actividad genera un riesgo impidamos que pueda realizarse, hagámosla imposible. En el caso de Castelldefels (y seguro que en muchos lugares más) es tan simple como instalar barreras físicas que impidan que nadie pueda atravesar las vías, una valla. Riesgo eliminado.
¿Es que con un letrero, o muchos, que avisen del peligro de cruzar una vía ya nos podemos considerar eximidos de responsabilidad? Está claro que no, por imprudentes que fueran los jóvenes fallecidos y heridos, la responsabilidad de la empresa explotadora sigue siendo indiscutible.
Otro punto, si una treintena de personas cruzan las vías, ¿Son todos imprudentes? ¿o unos más que otros?. Analicemos el comportamiento humano, seguro que la primera persona que cruzó la vía era mucho más imprudente que el que lo hizo el décimo o el vigésimo. Pero seguro que el que cruzó primero sí que miró si podía cruzar o no. A ese no le ocurrió nada, pero cuantas más personas fueron cruzando las vías el sentido del peligro, su inminencia y su potencialidad lesiva iban desapareciendo. Estas personas sólo hacían lo que veían hacer a otros, su grado de imprudencia es mucho menor. Pongámonos en su lugar, ¿Qué haríamos nosotros? Si añadimos que la visibilidad era inexistente (el tren de cercanías impedía la visión de la vía contraria) y que la velocidad del ALTAIR era elevada ya tenemos la situación de riesgo en su grado máximo. Y el siniestro está servido.
No pretendamos hacer un tratado jurídico de este lamentable suceso, demos nuestro apoyo a los familiares de fallecidos y heridos, y exijamos que se tomen las medidas necesarias para impedir que estos hechos sucedan en el futuro. Dejemos que la Justicia ponga a todos en su sitio y se establezcan las responsabilidades correspondientes. Mientras, algunos estarían mejor callando.





